Según
el “Informe mundial de tecnologías de la información” realizado por el Foro
Económico Mundial, Guatemala es el 114avo país de 148 evaluados en cuanto a los
precios en telefonía móvil. Éste estudio califica a los países según el precio
del minuto para realizar una llamada. Todos los precios se presentan en dólares
para homogeneizar los datos de cada país y ya incluyen el precio con impuestos.
En Guatemala el minuto, en promedio, cuesta 0.41 dólares. A nivel de América Latina, nos encontramos en
el 13avo puesto, siendo Costa Rica el que tiene la telefonía más barata (0.09
dólares por minuto). Me parece curioso que Costa Rica, siendo el país más caro
para vivir en Centroamérica, tenga la telefonía más barata del continente.
Evidentemente debemos tomar en cuenta que el gobierno costarricense obliga a
que Movistar Costa Rica y Claro Costa Rica no puedan tener precios más altos
que la empresa de telefonía estatal, Kolbi. Sin embargo, queda totalmente
demostrado lo importante que es romper con los monopolios en América Latina, ya
que los que más beneficiados somos los consumidores. Por otro lado, éste
estudio demuestra que la telefonía en nuestro país no es tan barata como nos
hacen creer. A pesar de los beneficios que trajo la liberalización del mercado
de la telefonía con la privatización de GUATEL
y con la posterior entrada de COMCEL (hoy TIGO) y Telefónica (hoy
Movistar), la telefonía no se ha vuelto tan barata como en otros países de
nuestro continente.
En
Guatemala, las empresas telefónicas aún tienen mucho que mejorar para brindar
un mejor servicio acorde a sus precios. Una de las problemáticas más grandes se
encuentra al momento de adquirir un contrato. En primer lugar, las empresas de
telefonía deberían de obligatoriamente explicar a qué precio están vendiendo el
teléfono y si el precio incluye (o no) intereses. A la vez, considero que los
celulares deberían de ser entregados ya liberados para poder ser utilizados en
cualquier empresa al momento de terminar el contrato. Al final de cuentas, el
teléfono es mío, y no se me debería entregar un aparato que esté sujeto a poder
funcionar solo con la tarjeta sim de una sola empresa. De igual forma, no
debería de ser obligatorio cumplir con un contrato de dieciocho o veinticuatro
meses si no estoy conforme con el servicio que se me está dando.
Mis
inquietudes en cuanto a estos temas surgieron por una plática que tuve con un
tío que vive en Dinamarca. Resulta que en Dinamarca, uno de los países con los
costos de vida más altos a nivel mundial, tiene leyes que obligan a que los
telefonías no engañen a sus consumidores. Las telefonías danesas, están
obligadas a entregar los celulares liberados, para que puedan ser usados en
cualquier empresa. En suma, deben indicar al consumidor cuánto cuesta el teléfono,
y en cuántas mensualidades se lo van a vender. Al mismo tiempo, se prohíbe que
se obligue al consumidor a terminar un contrato, media vez haya terminado de
pagar las mensualidades del móvil. La competencia entre telefonías ha hecho que
los celulares se puedan adquirir en mensualidades sin intereses, y que se
brinde un mejor servicio para evitar que sus clientes se muden a otras
compañías. Las compañías danesas han llegado a tal punto de competitividad que
ofrecen planes con llamadas e internet ilimitado en menos de veinte dólares.
Esto
no sucede en Guatemala, ya que al adquirir un contrato se nos obliga a
cumplirlo, aunque se nos esté dando un pésimo servicio. A la vez, nos dicen que
nos “regalan el teléfono” si adquirimos cierto plan, lo que hace que los planes
sean carísimos porque evidentemente de alguna forma las telefonías deben
recuperar el precio del celular. Al final, los consumidores nos vemos afectados
porque no estén bien claras las reglas del juego, ya que para conseguir un plan
con llamadas e internet ilimitado pagamos más del triple o cuádruple, en
comparación –insisto- con uno de los países con los costos de vida más altos
del mundo.
No
todo es culpa de las telefonías, los consumidores tenemos mucha culpa por
adquirir sus servicios sin cuestionarnos las condiciones que nos ofrecen. Somos
nosotros los consumidores los que debemos exigir un mejor servicio, obligando a
las telefonías a que cumplan con nuestras exigencias, y no que nosotros
cumplamos todas sus exigencias. Al final es el consumidor quien manda, y nada
va a cambiar si nos seguimos sometiendo voluntariamente a la arbitrariedad de
Claro, Tigo y Movistar. ¿Hasta cuándo nos daremos cuenta que podemos mejorar
ésta situación?
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